¡A la mierda!

“¡A la mierda! – Dije un día. Y así no más fue.

A modo de resumen

Hace mucho tiempo entendí lo importante que es para mí expresar mis ideas y sentimientos a través de sonidos, sean estos parte de una música, de un diseño, de un efecto o de una voz. Existe algo que hace tremendamente irresistible la idea de participar en dichas construcciones sonoras, de ser parte del germen que les da forma, de ser testigo y cómplice de su origen, de ser el modelador de elementos intangibles que al final cobran vida en las caras y expresiones de “aquellos que oyen”. Es imposible para mí negar mi propia naturaleza. De hecho, ¡la acepto! y la disfruto. La vida me dio ese regalo y la actual tecnología me ha provisto de herramientas espectaculares para hacerlo, por lo que para mi las cosas han estado claras desde el principio. Es simple, tengo que hacerlo. Pero… ¿donde sea?

Volviendo a la Tierra, hace años 6 ó 7 años se presentó una posibilidad en TVN (un canal de televisión). Una buena posibilidad. Se podían desarrollar ideas que estaban haciéndome cosquillas desde hacía tiempo. La verdad es que no lo pensé mucho y me tiré a la piscina. Era mucho menor de lo que soy ahora y la ambición, o tal vez y mejor dicho, el deseo de desarrollarse y conocer nuevas cosas eran muy potentes.

El momento era distinto al que vivimos hoy. Existía cierto relajo en el canal, cierto “hipismo” en la forma de hacer las cosas, aun cuando el ambiente era relativamente formal. El lugar físico también tenía algo de hippie, como desgarbado pero sin representar decadencia. Cómo hecho a pulso… Era divertido y aunque en la televisión el tiempo es un lujo, en aquellos días existía cierta libertad para las ideas y para las inquietudes de cada uno.

Sin entrar en mucho detalle, las cosas han cambiado, no solo en la televisión sino en todos lados. Hoy la libertad prácticamente no existe, todo esta gobernado por números, horas, costos y los malditos y detestables recursos. Yo soy un recurso y tengo un costo asociado que tiene que ser minimizado a como de lugar. No importa mi vida personal, ni mi gasto emocional. No importa lo capaz o lo inteligente que pueda ser. Mucho menos importa la belleza, la sensibilidad o la empatía que se pueda llegar a plasmar en un proyecto, eso es algo inútil y sin valor. Nada de lo anterior importa porque no es eso lo que están pidiendo. Hoy lo que importa es la eficiencia del mediocre, del que trabaja y estudia para sacarse un 4 y sólo un 4, para “pasar no ma'”. No es necesario nada más. No es necesario que lo hagas bien… “simplemente hazlo”.

Entiendo perfectamente el modo de operar de las empresas, de hecho yo participo un par de sociedades. Entiendo que la idea principal es generar utilidades. Pero me es imposible llegar a pensar que esas utilidades sean generadas mediante exigencias que en la mayoría de los casos llegan a ser ridículas y atentan contra la calidad de un producto que es precisamente lo que le da valor a esa empresa.

Me costó mucho darme cuenta de que estoy equivocado, no es en ese lugar donde tengo que hacer que mis inquietudes hablen. Ahí no hay desarrollo, sólo un montón de pozas de agua estancada. Ahí no existen “aquellos que oyen”, no existen, y si los hay, están mudos, enmudecidos por el miedo y por la frustración.

Y yo no quiero enmudecerme.

Nuevos caminos, nuevos rumbos

Estos últimos meses han sido vertiginosos. En junio (o por ahí) deje de amar, algo que en algún momento pensé imposible. En Octubre tuve un accidente de tránsito en el que casi muero. En Diciembre renuncié a mi trabajo de seis años.

Es como en las profecías, o como cuando se alinean las estrellas. Un pequeño montón de sucesos que desencadenan una orgía de sensaciones y destapan las frustraciones acumuladas. Se destapa la rabia y la bronca por tanto tiempo perdido, por tanta entrega, devota e inocente, rabia y bronca que pronto desemboca en resentimiento, resentimiento infundado, inducido por la sensación de culpa proyectada en otros cuando es de uno mismo. Luego el resentimiento se convierte en melancolía, en tristeza… el corazón en un puño, la opresión constante del desaliento… y al fin, el cuerpo llora, por si solo y sin aviso, cansado.

Sin darme cuenta y sin quererlo en algún momento deje de ser amante, amigo, hermano e hijo. Me encontré trabajando como un loco, encerrado en un lugar donde a nadie le importa como te sientes, sino sólo que saques la “pega”. Donde el egoísmo es la norma y el estatus es el fin que justifica todos los medios. Pues yo no soy así. No me mal interpreten. Amo mi oficio. Es un arte, una forma de expresión como muchas y como ninguna. Me permite sentir cosas que de otra forma sólo tendría que conformarme con imaginar. Me permite conectarme con algo que no necesita ninguna explicación, que simplemente es, y que sólo yo sé que es, que nace de mi pero que se proyecta en otros. Es mi forma de amar, es sagrada, intocable, intransable… Por eso:

“A la mierda” – dije un día. Y así no más fue.

Tenía el agua hasta el cuello, estuve a punto de ahogarme y sin nadie que estuviera empujándome hacia abajo. Había que salir… y salí.

Hoy tengo tiempo. Tiempo que gasto y desgasto sin culpa, sin peso y sin vergüenza. Duermo tranquilo y sin sobresaltos a medianoche. No sueño con escenas y no despierto pensando en que las próximas 16 horas las pasaré trabajando, sea lunes, viernes, sábado o domingo. Las ideas fluyen libremente por mi cabeza y me siento infinitamente contento por el sólo y simple hecho de tener la posibilidad de desarrollarlas.

Si hubiese seguido como estaba, el domingo pasado habría trabajado. Sin embargo salí con alguien para quien en algún momento yo fui su amigo… su cable a tierra como me escribió en su regalo de navidad. Me junté con mi hermanita… fuimos a almorzar y al cine, simplemente eso, nada mas, nada menos, y ¡fue rico! Fue una buena tarde, con sensaciones que parecen nuevas por lo olvidadas, con ganancias más importantes que el vil-fucking-money y con dividendos más suculentos que el cheque de fin de mes.

Hoy mi empresa es distinta. Estoy en plan de reducción de gastos e incremento de las ganancias. Gastos y ganancias que no se miden en moneda nacional, en dólares o euros. Gastos y ganancias que se miden en emociones recuperadas, perdidas y nuevas. Gastos y ganancias que no provienen del ostracismo enfermizo ni de la explotación descarada. Gastos y ganancias que van y vienen del corazón y de las personas que están realmente alrededor mío.

La felicidad se forma a partir de la suma de los momentos de contento que nos procuramos nosotros mismos. Bien pues, en eso estoy ahora, procurándome momentos de contento. Esas son mis ganancias… esa es mi riqueza.

Saludos.

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