Es como para sentirse orgulloso, ¿cierto?

Me acuerdo cuando llegaste a la casa: tus patitas cortitas, tus manitos y deditos que no alcanzaban a agarrar uno solo de los míos, de tu gran y hermosa cabezota, de tus ojos inocentes, siempre grandes, siempre abiertos, siempre atentos.

Llegaste para quedarte, eso estaba claro. Saliste de la guata de la Mamá y no hubo caso de que volvieras a entrar. Cuando te vi me gustaste altiro y, por sobre todo, te amé altiro.

Fui testigo de tu niñez, no así de tu adolescencia, ahora los dos somos un poco más viejos y aunque nuestros caminos no siempre se juntaron, espero poder acompañarte y compartir por momentos tu tránsito por esta vida de mujeres y hombres grandes. Acompañarte tal vez no para hacernos más grandes (bueno, ¿por qué no?), sino para volver a ser niños otra vez. Para conversar puras leseras, sin pensar en lo pesada que se está haciendo la cuesta. Para jugar un solitario cagón en un PC viejo. Para comer comida chatarra, unas papas fritas y una hamburguesa sin sentirse culpable. Y por sobre todo para acordarse de lo simple que son las cosas cuando lo único y todo lo que hay es cariño.

Es loco pero te he visto crecer desde que eras una pelotita chiquitita, inquieta, exquisita, a veces llorona (otras no tanto), hasta convertirte en una mujer grande, tremendamente inteligente, con sus ideas claras (aunque muchas veces no estemos de acuerdo) y sus primeras metas ya casi alcanzadas. Cuando te veo ahora, el corazón se me expande dentro del pecho, casi sin caber, choca con mis costillas tratando de salir. Es puro orgullo. Es admiración.

Me acuerdo cuando llegaste a la casa, eras mi hermana chica, hoy eres mi hermana grande.

¡Feliz Cumpleaños!

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