Lima

Lima, Perú. 22 de Enero, 2004.

Bajo del avión. Es de noche. Entre el olor a combustible y caucho quemado alcanzo a distinguir un aroma salado, húmedo, inconfundible. ¡Estoy en el mar!

La ignorancia me traiciona, al no prever que, por supuesto, Lima es una ciudad costera. Ciudad extraña, rozando la modernidad, pero sin perder identidad.

Al salir del check-out encuentro un cosmos de gente hablando distintas lenguas, mostrando distintas caras, distintas ropas, distintos colores. Alguien me habla en inglés, me da la bienvenida y me ofrece hotel – “Cree que soy gringo.” – pienso divertido. Le respondo que hablo castellano, que está todo OK. Es una mujer joven. Hermosa. Delgada. Negra. Me llama la atención su sonrisa. Sus dientes son perfectos, casi demasiado blancos. Su rostro contrasta con el mar de gente pálida, caucásica, europeos en su mayoría, gringos algunos, sureños otros pocos, los menos. No puedo dejar de mirar su sonrisa. Me cautiva. Con esfuerzo silencio los aleteos de mi imaginación, que ya estaba volando hacia escenas de termostato un poco más elevado. Al fin acepto, previo regateo, lo que me ofrece la señorita y dejo, despistado por la novedad, aún más por la mujer, que me conduzca hacia un taxi.

Durante el camino observo…

Lima es una ciudad fantástica. Sus edificios son nuevos y viejos, blancos y oscuros, níveos y mortecinos. Distribuidos sin unidad aparente, sin control, sin rigor. Contrasta con la uniformidad de las calles Santiaguinas. No se parece a Buenos Aires. Imagina pobreza. Retraso. Aún así tiene algo que no he visto en nuestras ciudades. Identidad.

Santiago y Buenos Aires parecen copias. Como con la intención de parecerse a algo pero que no resultó. Movidas tal vez por un deseo oculto de olvido, de reniego al pasado indígena. De negación. Acá es distinto. Al ver las calles siempre observo descontrol. Sin embargo hay algo que mantiene todo en coherencia. No tardaré en descubrir qué es.

Es la gente. Las personas en su mayoría son amables, sencillas. Es como si tuvieran implícito, impregnado en el cerebro, el recuerdo de los españoles conquistadores. Déspotas. Usurpadores. En los boliches son serviles, diligentes. Atienden bien pero con algo intangiblemente tangible en su actitud. Temerosos. Distantes.

Sigo mi camino. No deja de llamarme la atención lo roído de la arquitectura. ¡Todo se muestra tan viejo! Las calles con adoquines llaman a las carretas y a los caballos. Retrocedo siglos. Revivo vidas… Me veo con piel oscura. Descalzo. Vestido con algo parecido al lino. Un manto de lana áspera multicolor me cubre. Una vara de madera en mi mano derecha. Relincha un caballo, veo al jinete y soy yo. Vestido con lujosas prendas. Mi piel ya no es oscura… Un bocinazo en plena oreja descompone mi máquina del tiempo y me devuelve a la realidad presente (¿existe tal cosa?). Curioso. Los conductores tocan sus bocinas sin razón aparente. Son toques cortos, rápidos, sin agresividad. Son como saludos. Avisos. ¡Qué distinto a Santiasco!

Llego al hotel. Es un hotel barato. No es elegante. Un hombre viejo, inconfundiblemente gringo, va entrando con una prostituta. El recepcionista mira con desprecio a la mujer, luego mira al gringo, le sonríe cínicamente y lo deja entrar. Los dólares son importantes. Es mi turno. El mismo hombre me saluda cortésmente. “¡Güelcom!”, me dice. Sonríen mis pensamientos. Ya es segunda vez. “Hola” le respondo. Su sonrisa se ensancha. Me registro. Descubre que soy chileno. Me cuenta que ha estado en Santiago varias veces. Parte de su familia esta allá.

Entonces un botones-júnior-aseador-hombre-multi-propósito, me conduce a mi habitación. Definitivamente no es elegante. Cierro la puerta. El ajetreo del primer dia de viaje ha terminado. Una ducha y una cama es todo lo que necesito. Con el piqueteo del agua cayendo sobre mi cabeza pienso por primera vez que estoy solo. Nuevamente en un país extraño, que no conozco. La sensación siempre es la misma. No me acostumbro. Siempre es novedoso. Nadie me conoce. Es una liberación, es como haber escapado de uno mismo. Aún cuando la memoria y los recuerdos siempre existen, esto un escape al fin. Las sensaciones son indescriptibles, es como una nueva vida, arrendada o prestada temporalmente. Llena de cosas por descubrir. Una terapia. Una aventura… Un borrón y cuenta nueva. Un tantra sin el misticismo. Real y palpable. Tajante. Presente y potente.

Soy libre.

Y duermo bien.

Siempre cuando viajo me gusta llevar una especie de bitácora de viaje. En las noches, cuando el día de aventuras ha terminado, me doy un tiempo para escribir las impresiones y sensaciones que me ha entregado el día. Esta es una de las bitácoras de uno de esos viajes. Hace tiempo que quería compartirla.

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