Matrimonio y fiestas a fines

Sigo con gripe. No sé que me pasa que llevo más de una semana enfermo. Mañana voy al doc de nuevo, ojalá esta vez me inyeccione o me de algo para que se termine esta garrotera. Lo peor de todo es que me echó a perder las vacaciones, el viaje a la selva del Perú que tení­a programado parece que tendré que postergarlo para más adelante. Mala onda. En fin. Mientras veo que pasa tengo pendiente algunas cosas en mis escritos blogueros. Algunas ideas respecto al matrimonio y fiestas a fines, como dice el tí­tulo del post, son parte de esas cosas pendientes…

El sábado 18 de Febrero pasado viaje a Chillán al matrimonio de mi prima Marí­a Paz. Fue un viaje veloz, me subí­ al bus a las 8 de la mañana del sábado, matrimonio a las 20, de vuelta a las 6 de la mañana del domingo. Hyperfast.

Hacía muchí­simo tiempo que no estaba en la ciudad que fue testigo del nacimiento de este delgado ser humano. Muchos años. Está cambiado Chillán. Más extendido, más grande, más gente.

Es curioso pero a pesar de haber vivido mis primeros 18 años en ese lugar, cuando me bajé del bus no me invadió ninguna sensación nostálgica, ninguna impresión de haber regresado al “hogar”. Ni mucho menos. No guardo recuerdos melancólicos de ninguna especie relacionados con mi ciudad natal. Por supuesto que hay recuerdos, pero la ciudad resulta no ser más que un escenario totalmente prescindible para dichos recuerdos. Hay pocos lugares a los que me siento realmente apegado y Chillán no es uno de ellos. Pero, ¡estoy divagando!

Luego de que mi viejo me fuera a buscar a la bajada del bus a eso de las 4 de la tarde, llegué a la casa de mis abuelos, saludé a una innumerable cantidad de familiares (mi viejo tiene más de 10 hermanos y hermanas, es cosa de ponerse a sumar y multiplicar no más), almorcé rápidamente y como me faltaban los zapatos, mi hermano me acompaño a comprarlos. Suerte. Encontré algo rápidamente (y muy barato quiridi). Pasamos a buscar a mi vieja, a mi hermana y a mi cuñada a la peluquerí­a, volvimos a prepararnos y a vestirnos, para volver a salir hacia la catedral de Chillán, lugar donde la ceremonia religiosa se llevarí­a a cabo.

Cuando llegamos nos encontramos con una gran cantidad de gente envuelta en disfraces de diversa manufactura y a una cantidad no menor de curiosos observantes, apostados en los bancos y jardines de la Plaza de Armas, como esperando la llegada de los carros alegóricos que acompañarí­an a los juglarescos asistentes. En algún momento pensé con pesar en lo poco “producido” de mis atuendos (nada más que una camisa, un par de pantalones, un cinturón y un par de zapatos, todo negro, sin corbata) ya que algún familiar cuestionó con ironí­a mi falta de elementos “formales”. Mi respuesta (igualmente irónica y ya sin pesar) fue que si al vestirme como los demás mi amor por mi prima fuese tal vez más intenso. A lo que él replicó con un escueto silencio… La verdad es que la informalidad es parte de mi verbo y el verbo es algo que no se transa. Creo firmemente en que la presentación al mundo de quién es uno tiene que ser exactamente eso, uno. Cada adición, embozo, capa o careta sólo enturbia la imagen que los demás se puedan hacer del yo que se presenta. Ahora cada cual puede tener su propia definición de máscara, etc. Pero nuevamente estoy divagando! Ja!

¿En qué estaba? … ¡Claro! En los disfraces. Es realmente increí­ble lo que la tradición y las buenas costumbres llevan a hacer a las personas. Inconscientemente tal vez, un acontecimiento como este puede llegar a ser tremendamente esperado para dar rienda suelta a la imaginación de convidados, modistas, costureras y pseudo-diseñadores. Mujeres engalanadas con incómodas prendas de múltiples formas y colores que recuerdan a las cortes del medioevo, con zapatos de tacos altí­simos (¿para aparentar tal vez una altura deseada pero jamás alcanzada?) que al final de tan anhelada jornada dejarán en los adoloridos pies una gran cantidad de ampollas, grietas y cuero removido que tardarán unas cuantas semanas en sanar. Los varones, clásicos en su mayoría, nada de innovadores, algunos con ambos anticuados sacados de alguna empolillada bodega, desempolvados especialmente para la ocasión, otros con chaquetas y pantalones de diferentes conjuntos que no hacen más que provocar la indignación y la crí­tica de la acompañante (que por cierto está mucho mejor emperifollada) y tal vez uno que otro metro sexual, de facha espectacular, con un conjunto de diseño vanguardista, digno de los más altos estándares y más parecido a un futbolista llegado de Europa, a lo Bam Bam Zamorano, que al clásico terno de Johnson’s Clothes. Todo esto sumado a la atmósfera que se oscurece producto de la fosca sobrecarga de perfumes, pachulí­es, aftershaves y desodorantes, por supuesto sin dejar de considerar al descuidado comensal que prescindió de tales ayudas aromáticas y que despide su descomunal hedor agregando el toque ácido del “ala” (y quien sabe de qué otras partes de su desatendida anatomía) al ambiente. Al final… todo un zoológico.

Toda esta verborrea, nada de original, tiene un sentido. Cuestionarse. ¿Cuantas horas pasaron esas mujeres en la peluquería? ¿Cuánto dinero gastado en ropas, perfumes, zapatos, etc.? ¿Cuánta preocupación? Yo la verdad apunto a la respuesta que le di a mi familiar cuando cuestionó mi falta de formalidad. ¿Querré yo más a mi prima por usar tal o cual ropa? ¿Es necesario tal gasto de energí­a y de dinero? Dinero que bien podría ser ocupado en otra cosa más provechosa, como en la colecta que se hace en la misma misa de la ceremonia religiosa. Tragicómico es ver cómo todos tiran algunas monedas a la canastita que pasa, sintiéndose solidarios y devotos, cuando en los dí­as anteriores despilfarraron mucho más que unas mí­seras monedas en los trajes y peinados que ahora lucen orgullosamente.

Tal vez mi posición es demasiado crí­tica, podrán pensar. Pero de verdad, cuando yo estaba ya dentro de la iglesia en lo único que pensaba era en acompañar a la María Paz en el acontecimiento que para ella debió ser el más importante de su vida (hasta el momento). Pensaba también en lo profundo que caló la tremenda emoción que sentí­ al ver a mi abuelo: pequeñito, encogido ya por los años, con su hermosa y arrugada carita desfigurada por la emoción contenida de ver a su nieta casarse. En lo bella que se veí­a mi abuela, siempre junto al abuelo, siempre fiel a él y a su Dios. En la emoción que sentí al ver a mi propia familia reunida después de tantos años de bonanza y desventura. Al ver a mi hermano, el mejor de todos, junto a mi cuñada, muy clásicos a su manera, y ver que hacen una extraordinaria pareja. Al ver a mi hermana, grande, independiente ya, junto a sus primas. Al ver a mi padre, a quien la vida no ha tratado del todo bien, y comprobar, al verlo más viejo, siempre tí­mido y tan pequeño entremedio de toda esa gente, de que lo amo más que nunca, a pesar de sus errores. Al ver a mi madre, siempre hermosa, siempre tan dulce y saber a ciencia cierta que el día en que ya no esté la mitad de mi corazón se irá con ella (la otra mitad será para recordarla).

Pensaba en compartir por un momento esa colosal oleada de sensaciones casi embriagantes que debieron estar pasando por la cabeza de los novios. Pensaba en la forma en que aquel futuro marido miraba a su futura esposa y en la forma en que ella lo miraba a él. En ese momento tuve certeza del amor que ellos se profesaban. Tuve certeza también de que si alguna vez me llego a casar no será hasta el dí­a en que sienta lo mismo que ellos. El dí­a cuando pueda mirar a mi mujer de la misma forma en que él la miraba a ella y además, como un regalo bendito, recibir esa mirada de vuelta. El dí­a cuando el “contigo pan y cebolla” sea sinónimo de fe. El día cuando sienta que todo el mundo se puede ir al carajo “si estoy contigo mi amor”.

Ese día en la iglesia, los invitados no importaban, tampoco importaba el sacerdote, las velas, la Cruz o la misma iglesia. Ese día los ojos de Marí­a Paz y su novio hicieron algo más que ver. Proyectaron su amor real y sublime.

Y para eso no hacen falta disfraces.

Saludos y felicidades.

1 comments On Matrimonio y fiestas a fines

  • Finalmente me quedé para leer tu nota y me has hecho emocionarme, al hablar de tus sentimientos hacia tu familia, en especial tu mamá y tu papá, y de la “mirada”, esa mirada que todos debiéramos tener oportunidad de ofrecer naturalmente y de recibir gratamente. Qué linda tu reflexión, cada vez me doy cuenta de que eres más sensible de lo que pensaba. Ojalá nunca pierdas la fe en muchas cosas. Por ahora es un acto de fe creer que simplemente nuestra hora no ha llegado.Un abrazo y TQMNati

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