Broche de oro

Es domingo. Siete y media de la tarde. Voy en un bus, de vuelta a Santiago después de pasar el fin de semana con mi familia. Estuvo bien: bien comido, bien reído, bien acompañado, bien regaloneado.

Viaje ayer sábado en la mañana. Mi papá me había contado unos días antes que el computador de la casa estaba con problemas, por lo que llegué armado de todo mi arsenal de software y utilidades para arreglar las “fallas”. Lamentablemente el problema no era tan simple. La máquina murió definitivamente. No partió nunca más. Lo desarmé y re-armé varias veces y de varias formas. Todas descartando la falla de algún componente. Al final el diagnóstico era más o menos claro: muerte cerebral. Ja.

Ante tan desolador panorama, con mi viejo salimos a buscar distintas posibilidades para reparar el daño y no dejar a mis papás sin computador. Caminamos mucho, lo que nos sirvió para conversar harto (cosa que con mi papá no hacemos tan a menudo como me gustaría, por lo que siempre es bienvenida una oportunidad como ésta). Visitamos unos cuantos locales (entre ellos uno de empanadas fritas, que estaban muy ricas, jejeje) y al final decidimos comprar unas cuantas piezas y armar todo de nuevo. En fin, cuando ya tenía todo armado y voy a encender la máquina por primera vez, resulta que ¡el condenado botón de power está malo! Volvimos al local por un cambio. El locatario desarmó la máquina y la volvió a armar en otro gabinete con un botón que sí funcionaba. Al final todo anduvo bien y después de mucho weveo todo resultó bien.

Si bien esto puede parecer aburrido, para mi fue exquisito. Mi viejo me acompañó por todo el proceso, me preguntaba cosas y me dio la oportunidad de explicarle el funcionamiento de los componentes. Y aunque no conversamos nada trascendental, compartimos durante mucho rato (cosa que en mi memoria no se daba desde que yo era un niño chico). Me sentí bien con todo eso. Por lo general cuando voy donde mis viejos hablo sólo con mi viejita y toda mi atención se centra en ella. Ayer sábado fue para mi papá… y espero que se repita.

Hoy domingo fue todo más normal. En cama hasta tarde. Confesiones mutuas y regaloneo con mi madre. Un almuerzo de esos que sólo mi papá sabe hacer… ¡opíparo! Empanadas fritas de calamar y un lomo de cerdo al horno con el aliño secreto de mi padre (y otro aliño aún más secreto de mi madre, ya que se lo hecha sin que mi papá sepa, jejeje). Acompañado todo de ensaladas varias y de las mejores conversaciones dominicales (que siempre me dejan con gusto a poco), en las que la política, la historia de Chile y hasta la farándula bailan juntas. Muy rico.

Cafés post almuerzo. Llega mi hermana (sólo faltó mi hermano, a quien todos echamos de menos). Puestas al día con ella. Más cafés y la hora de partir llega sin darnos cuenta. Me voy tan apurado que dejó el pasaje encima de la cama. Sólo un minuto antes de que parta el bus lo echo de menos. Meto las manos en mis bolsillos y no lo encuentro. Reviso mi mochila y nada. Llamo de urgencia a mi hermana a la casa… Tensos segundos y aparece corriendo… el bus se va… ¡llega justo! La despedida es corta, torpe. Anoto mentalmente que tengo que llamarlos cuando llegué a Santiago, tanto para agradecerle a mi hermana el sudor que botó por mí, como para decirles, a mi viejo y a mi madre, que los quiero mucho.

Me subo al bus apurado. Me conecto al reproductor de música y saco un libro de la mochila. Nobuo Uematsu me acompaña con su piano y El círculo mágico de Katherine Neville me acompaña con las letras. Un fin de semana exquisito va quedando atrás, sólo falta el broche de oro: arriba del bus unos tipos encienden una radio. El “regetón” empieza a sonar a todo volumen. El delicado piano de Uematsu se difumina en la mierda, como una paloma blanca en un derrame de petróleo, y las letras de El Círculo mágico se hacen borrosas a medida que la concentración se desvanece. La falta de educación es notable en algunas personas. En realidad un broche de mierda para un fin de semana de oro.

Sacó el netbook de la mochila y comienzo a escribir este post. Intento concentrarme en los recientes eventos del fin de semana, que ya comienzan a transformarse en recuerdos y a amalgamarse con las distorsiones que impone la memoria. Los últimos recuerdos son los más presentes…

Mi viejo me encamina al terminal. Me gusta caminar con él. Me doy cuenta que ha cambiado, que está más viejo y que lo quiero mucho. Habla más que antes, lo que le pasa no queda sólo en su cabeza, y recibe mejor los “te quiero papá”. Me gusta conversar con él, es siempre muy cuerdo (aunque a veces sus decisiones no han sido del todo cuerdas), muy lúcido. Siempre con un punto de vista que me deja pensando, aún cuando no concuerde con él. Sé que no es ni ha sido el papá perfecto (nadie lo es), pero al mirarlo y al mirarme me doy cuenta que me parezco mucho más a él de lo que creía y que he aprendido precisamente de él uno de mis valores más importantes: la perseverancia. La vida ha sido ruda con mi viejo, pero siempre se ha vuelto a levantar después de cada caída. Su fortaleza es única (se llama Cynthia, mi mamá). Su tosudez, más dura que el roble, lo ha llevado a cometer errores que en más de alguna ocasión nos han alejado fuertemente. Pero siempre se rearma, se compone y vuelve a la carga. Ese es mi viejo. Y si bien en algún momento estuvimos muy distantes, hoy caminamos juntos.

Feliz cumpleaños papá.

1 comments On Broche de oro

  • Como siempre, uno comienza a leerte y no lo suelta hasta que termina en la última letra, que bien escribes Marshello ! que bien disfrutas, que bien vives, que bien amas.Hasta lo trasladas a uno a esos lugares o situaciones que narras y uno puede sentir en cierta medida la atmósfera del momento y uno se queda con esa sensación rica, de haber estado un poquito ahí.

    un abrazote
    LD

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