El vuelo – 2° parte

Desperté de mis sueños con un golpe. El avión estaba aterrizando y yo ni lo noté. De súbito volví a la realidad y me incorporé tan abruptamente que la pareja que estaba a mi lado me quedó mirando con cara extraña.

Mis lindos pensamientos se fueron desvaneciendo de a poco y a medida que mi “sistema operativo biológico” entraba en funcionamiento, mis sentidos comenzaron a notar los aromas y sabores que 12 horas de vuelo y más de 100 personas pueden producir en conjunto. Nada agradable les diré.

Al bajar del avión noté de inmediato lo bajo de la temperatura en Madrid. Estaba desorientado y con frío. El violento despertar me tenía aturdido, así que hice lo obvio: seguí al gentío que se bajaba conmigo. Al llegar a inmigración un grupo de mujeres, personal de Aerolíneas Argentinas, atajaba a los pasajeros en combinación a otros destinos. Pregunté por el mío. Aerolíneas Argentinas no manejaba mi vuelo. Lo hacía Iberia, por lo que tenía que pasar por el control de inmigración, “entrar” oficialmente a España, cambiarme al terminal de Iberia y hacer el check-in nuevamente.

Cuando estaba llenando los papeles de inmigración siento una respiración hedionda a mi lado. Muy hedionda. Una señora me miraba con cara de pregunta. La quedé mirando un buen rato intentando no demostrar mi repulsión a su olor, pensando simultáneamente en que yo no debía oler mucho mejor tampoco. Me habló con un inconfundible acento argentino y su aliento terminó revolviéndome el estómago. Traté de permanecer consiente mientras me explicaba que necesitaba rellenar los papeles de inmigración y me pedía que lo hiciera por ella ya que no veía las letras. Intuí que en realidad su problema era que no sabía leer, ya que al pedirle que deletreara su nombre en lugar de hacerlo me mostró su pasaporte. Al final rellené su formulario y ella se fue muy agradecida. Yo quedé con esa sensación de haber hecho una buena acción pero al mismo tiempo con un sabor literalmente muy amargo en la boca, en el estómago… y en la nariz también (créanme que son estas ocasiones las que me hacen desear profundamente tener una menos grande que la que tengo).

Me encogí de hombros y seguí mi camino. Al pasar por la garita de inmigración no dejó de sorprenderme la frialdad con la que te reciben los oficiales. Eran las primeras personas españolas con quienes cruzaba palabra y mi cordial “buenas tardes” no obtuvo respuesta alguna. Creo que la mala educación no es necesariamente sinónimo de formalidad o severidad. Y estas personas son realmente mal educadas. Una pena.

Aquí algo malo y bueno a la vez. Bueno, porque de cierta forma agradecí en lo más profundo ser como soy: blanquito, tener mis ojos claros y mi pelo medio rubio. Pasado inmigración me acerqué a un guardia pidiendo orientación acerca de mi vuelo y me trató bastante bien. Malo, porque él no fue así con una señora y su marido, quienes iban unos pasos más atrás que yo. El mismo guardia, al ver la cara con rasgos claramente indígenas de estas personas, procedió a detenerlos de inmediato y los llevó a una sala donde comenzó a abrir sus maletas, mientras les daba la orden de permanecer callados y sentados en el lugar. No me gusta cuando pasan estas cosas. Puede que existan estadísticas y todo lo demás, pero no me gustan los juicios a priori y mucho menos basados sólo en las apariencias. Una vez más: mal.

Por otro lado, viéndole el lado amable a las cosas, debo reconocer que me encantó el Barajas (así se llama el aeropuerto). La señalización es exquisitamente clara. No tuve que preguntar nada a nadie, encontré mi camino hacia el Terminal 4 y realmente no me costó nada, nada. Tuve que tomar un bus de acercamiento y mientras avanzaba me sorprendió escuchar una voz femenina (diría que casi calentona) que anunciaba cada parada. Es imposible perderse de esa manera (incluso comienzas a fantasear en cómo será la mujer poseedora de dicha voz). Bueno claro, a menos que uno sea sordo, pero aún así está lleno de carteles.

Al bajar del bus de acercamiento y entrar en la T4 quedé con la boca abierta. La arquitectura es sencillamente espectacular. La forma de iluminar el lugar me encantó. No sé si será precisamente eficiente energéticamente hablando pero es muy elegante y ornamental. Nuevamente me maravillé con la sencillez de la señalética. Insisto no hay que preguntar nada, todo está muy claro. Basta aplicar un poco de lógica y todo encaja a la perfección.

Durante todo el trayecto desde que me bajé del avión hasta que llegué a la T4, mi cabeza estaba obsesionada con la hediondez que sentía tenía encima. No sé si alguien lo habrá notado. Delante de mí iban unos señores franceses y uno de ellos expelía un aroma horrible (comprobé vivencialmente el mito, jejeje). Me intenté convencer de que si era capaz de sentir ese olor yo no debía estar tan hediondo entonces.

Aún así sentía toda la ropa pegada al cuerpo, necesitaba un baño urgente. Por lo que me acerqué rápidamente al mesón y realicé mi check-in lo más veloz posible, con mucha vergüenza de que alguien pudiera acercarse y olerme. Como nadie me miraba raro de a poco me fui tranquilizando.

Una vez checkeado fui raudo al baño más cercano que encontré. Me metí veloz al primer WC vacío que encontré y procedí a despegarme (sí despegarme) del cuerpo calcetines, calzoncillos, parte del pantalón y la camisa. Todo estaba mojado, ¡impresionante! La humedad de Madrid no contribuyó a que mis ropas se secaran, sino todo lo contrario. Transpiré aún más. Agarré mucho papel, me sequé lo mejor que pude y nuevamente me bañé en desodorante. Me volví a vestir y de pronto una idea cruzó mi cabeza. Una idea de esas brillantes, que ocurren en contadas ocasiones durante la existencia: “voy a establecer una tradición” – me dije a mi mismo. Así que inicié el ritual. Limpié bien el WC con papel, dejé un poco de papel en la parte de al medio (ya saben, no quiero llegar a Santiago con un pedazo menos… y ¡qué pedazo! jajaja), me bajé nuevamente los pantalones y deposité una vez más mi humilde ofrenda, ésta vez en tierras españolas. Así que he establecido un rito: lugar que piso, lugar que cago.

En fin. Ya con los intestinos vacíos, el estómago comenzó a reclamar lo suyo: comida. Como no confiaba en que mi olor hubiese mejorado no quise sentarme en alguno de los restaurantes que allí había. Encontré un McDonalds con una barra lo suficientemente apartada como para pasar “piola” y compré un combo que en chile no existe, muy rico. También luego de terminar, aproveché de comprar un adaptador de enchufes universal, que en este caso, sí encontré en la primera tienda a la que entré. Y luego procedí a pasar a la sala de embarque, ya que peiné el aeropuerto entero buscando un enchufe sin éxito.

Aquí debo decir que por primera vez vi la paranoia anti-terrorista en acción (no digo que injustificada, pero es paranoia al fin). Me hicieron sacarme los zapatos, vi con desesperación como desarmaban mi bolso (notebook incluido) y contemplé con real pánico como mi desodorante me era arrebatado por razones de seguridad. Lo vi desaparecer y sentí profundamente su pérdida mientras el guardia cerraba la tapa del basurero. ¡Estaba indefenso frente a mi propia hediondez! Como a modo de consuelo mientras pasaba por el escáner vi como con otros pasajeros los guardias eran mucho más severos. La gente es muy porfiada en todo caso y me he dado cuenta de que lee la mitad de las indicaciones. Pasan con cinturón, con celular y hasta con llaves. Después suena el pitito y se preguntan por qué a ellos.

Al final todo ok conmigo.

Una vez más quedé con la boca abierta. Siguiendo las indicaciones para ir a mi zona de embarque llegué a una estación de metro que se dirigía hacia el lugar. De pronto aparecen unos carritos muy bonitos y cuál fue mi sorpresa al notar que ¡no tenían conductor! La misma voz automatizada y sexona del autobús dio las indicaciones y avisó el lugar donde había que descender. La llevan estos españoles. Se manejaron. Un más uno para ellos.

¡Por fin en la zona de embarque encontré enchufes! De hecho aquí era algo así como el paraíso del enchufe. Cada cierto tramo había uno y varias personas hacían lo mismo que yo: cargaban sus máquinas y gadgets. Mientras cargaba aproveché de conectarme al wi-fi de aeropuerto, revisé mails, chateé con mi hermanita y un par de amigos, tuitié algunas cosas, leí noticias de mi Chilito lindo, subí unas fotitos y descansé un rato.

Llegó el momento de embarcar. Rápidamente compré un agua mineral y subí al avión. Una vez más los españoles me sorprendieron. Lo que no tiene de amables los oficiales de inmigración lo tiene sus aeromozas (al menos las de Iberia) y qué decir de lo aero-buenas-mozas que son. Nunca había recibido tan buen trato por parte del personal de cabina en un avión, nunca. Siempre con una sonrisa y muy buena disposición e insisto: buenas mozas. Además del buen servicio, la comida era diametralmente opuesta a la de Aerolíneas Argentinas. Sin ser un manjar estaba muy bien. Iberia dejó la mejor impresión en mí. Como alternativa a LAN creo que le sobran méritos. Lástima que no funcione mucho por mis tierras. E insisto las aeromozas eran muy buenas mozas…!!

Aquí me detengo un poco, ya que si bien era de noche, yo estaba cansado y con mucho sueño… no pude pegar un ojo durante casi todo el vuelo. Las ansiedades y el nerviosismo asociado a la proximidad de mi destino final me jugaron una mala pasada y muchos prejuicios salieron a flote. Incluso se me contagió un poco de esa paranoia que sentí en el aeropuerto. Pensé en cuanta tontera se me pudo ocurrir, si hasta creí que un tipo con cara de loco que iba en el asiento del frente tenía algo raro, y que en cualquier momento iba a comenzar a gritar consignas religiosas con un cinturón de C4 pegado al cuerpo. Puras leseras al final.

De pronto una gran luz apareció por la ventana. Varias personas exclamaron con pánico. Por un momento casi me cago encima, pensé: “¡estos weones nos están atacando con misiles tierra-aire!”. Luego me reí solo de mi estupidez… eran relámpagos. El espectáculo era maravilloso. Nunca había visto una tormenta eléctrica desde el aire, es realmente hermoso. Tan cautivado estaba con el espectáculo que todo vestigio de sueño desapareció por completo.

Lo cautivo se me fue rápidamente a la mierda cuando uno de esos lindos relámpagos apareció muy cerca del avión. En un segundo me sentí parte de la serie Lost, un estruendoso sonido comenzó a invadir la cabina, sentí que mi cuerpo se despegaba del asiento, sólo contenido por el cinturón de seguridad. Un cono amarillo me golpea la cabeza, y entiendo que me lo tengo que poner. Al lado mio una señora reza en ¿musulmán? con cara de pánico. Los segundos son horas. El estruendo aumenta, la gravedad disminuye. Es el fin, pienso.

Hace unos años choqué en auto. Casi me mato. Debo decir que no me asusté, ni se me pasó la vida en un segundo como a muchas personas al parecer les sucede. Al parecer tengo una especie de blindaje frente a la tragedia, porque ésta vez me pasó exactamente lo mismo que en aquel otro accidente. Una especie de resignación absoluta me invadió luego del corto susto inicial. Si voy a morir no tiene ningún sentido que me pase mis últimos segundos gritando histéricamente o balbuceando oraciones ni nada. Por lo que cerré mis ojos y esperé.

De pronto mis posaderas se reacomodaron en el asiento. El estruendo comenzó a disminuir y los motores al parecer hicieron su pega. Los gemidos de la gente comenzaron a dejarse entender entremedio de toda la bulla producida por los motores y las caras asustadas pronto comenzaron a aliviarse, aunque sin perder su preocupación.

Fueron sólo 25 segundos. A mi me parecieron horas. Pero al final… nos salvamos.

El resto del vuelo siguió con normalidad (o lo más normal posible después de un episodio como el anterior). De pronto por los parlantes una de las aeromozas (que insisto… eran muy buenas mozas) anunció que estábamos pronto a aterrizar. Pasaron no más de 15 minutos y tocamos tierra. Pasaron no más de 10 minutos y se abrieron las puertas del avión y al mismo tiempo las puertas de algo mucho más interesante y mucho más potente. No sin temor crucé la rampa, la rampa que me llevaba hacia el aeropuerto de Tel Aviv Yafo. Un poco más adelante se encontraba el punto de partida para algo que aún no tengo claro que va a provocar en mí, pero que es parte de un proceso mucho más profundo que el simple viaje.

Un proceso de sanación, reparación, búsqueda y reencuentro. Un proceso de sanación para un alma que resultó rota, de reparación para un corazón que terminó quebrado, búsqueda de una confianza perdida y de un reencuentro con los sueños. Con esos sueños que en algún momento iluminaron y guiaron mi senda, sueños que me dieron un motivo, otorgándome una meta y un propósito, un propósito que en algún momento se tornó confuso, pero que de apoco va siendo despejado.

Sigo soñando… sigo soñando cosas buenas…

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