Tel Aviv Yafo

Debo reconocer que la llegada a Tel Aviv me desilusionó y al mismo tiempo sorprendió. Cuando bajé del avión esperaba caos, gente gritando y vociferando, una multitud amontonada y hasta animales. Nada de eso ocurrió. Es impresionante como nuestros prejuicios nos condicionan las expectativas, bueno… ¿cuándo no ha sido así?

La verdad es que la realidad es muy diferente, el aeropuerto de Tel Aviv es magnífico y ordenado, saturado de modernidad y tecnología. Sus espacios son muy amplios y de gran altura. Con murallas altas que simulan la roca por la que la arquitectura israelí se caracteriza. El hall principal es un gran círculo rodeado de tiendas y cafés, muy similares a los malls que conocemos en Chile, con ascensores de paredes, techo y piso transparentes, y una gran fuente de agua al centro que entrega un frescor muy bienvenido cuando eres un viajero cansado. No es precisamente como el Barajas de España en cuanto a calidad de información se refiere, pero en contraste está lleno de lujos y exuberancia.

Lentamente me doy cuenta que Israel es un país muy moderno y muy desarrollado y que los mismos prejuicios que nosotros les reclamamos a los norteamericanos respecto a su visión de Latinoamérica, los aplicamos nosotros (o al menos yo en este caso) a la visión que tenemos del medio oriente.

Antes de llegar a inmigración veo a lo lejos mi nombre escrito en grandes letras. Me acerco al hombre con el cartel. Es un hombre pequeño y viejo, de pelo blanco. Me saluda con un “che, ¿cómo te va?”. “¡Estos tipos están en todos lados!” – pienso. Me da un par de indicaciones bien a la rápida y me dice que me esperará en la rampa de retiro de equipaje. Paso todos los controles, esta vez atendido por una señora policía muy amable (muy en contraste a su par español), era tan amable la señora que hasta me sonrió, característica al parecer vedada en los oficiales de inmigración de todos los países. Retiro mi maleta y justo cuando comienzo a preguntarme en dónde está el viejito argentino y pensar con un dejo de temor que no recuerdo su cara, aparece tomándome del brazo dirigiendo mi camino.

Mientras avanzamos observo a la gente. La variedad de caras y razas es realmente impresionante. Veo indios, gringos, árabes, europeos, palestinos, judíos ortodoxos, judíos conservadores, judíos reformistas, judíos de los… eh, bueno… muchos judíos de todos los tipos. ¡Esto es Judiolandia!

El viejito argentino se despide y me deja con un señor que me llevará al hotel. También es muy amable y mientras caminamos al taxi me va explicando cosas de Israel. Moneda, seguridad, valores, sueldos, etc. Me queda claro que Israel es un país realmente moderno. El sueldo promedio de U$1500 es superior a casi el 100% de los países Latinoamericanos. La moneda se llama “shequel”, o al menos así se pronuncia. Y el crimen como lo conocemos en nuestro país prácticamente no existe. Si les cortan un pedacito de “tulita” sólo por nacer, no hay que ser muy imaginativo para pensar qué les pueden cortar si los pillan robando… (es bromita).

Es de noche pero la ciudad está muy bien iluminada. Sus calles son amplias y bien pavimentadas. Las aceras tienen entramados decorativos muy lindos. Todo es muy moderno. Los autos también. Miro las calles y por un momento siento que estoy de vuelta en Santiago, que no he viajado a ninguna parte. Pero es sólo por un momento. El acento de mi conductor y los caracteres de las señales me devuelven violentamente a la realidad. ¡Realmente estoy en Israel! Tierra Santa para muchos. Tierra de conflictos para otros tantos. Para mí es un nuevo lugar, un lugar con una cultura completamente distinta a la que estoy acostumbrado, llena de misterios extraños y muchas cosas nuevas por conocer. Mientras avanzo por las calles y escucho a mi conductor, no dejo de pensar que es la primera vez que estoy tan lejos de mi tierra, tan lejos de mi gente y de mi familia. No lo digo sólo por la distancia, ya he viajado bastante y sé bastante bien lo que es estar lejos. Pero esta es una cultura completamente distinta y lo que me espera más adelante hará que las diferencias sean aún más marcadas.

Llegamos al hotel. Metropolitan es su nombre. De Metropolitan no tiene mucho, hay que decirlo. La recepción fue fría y no muy amable. Durante el traslado desde el aeropuerto el viejito argentino llamó para decir que se la había olvidado un “pequeño detalle” en el aeropuerto… no tendría mi habitación hasta el mediodía… y ¡eran las 6 de la mañana! No hay forma de reproducir aquí como maldije al viejo reconch#$%&dre!! Aunque debo decir que al final y afortunadamente eso no ocurrió ya que me entregaron una habitación de inmediato. 5 piso. 504. Entro y noto que de Hotel Metropolitan le va quedando cada vez menos. La habitación es pequeña y vieja y tiene una cama de ¡UNA plaza! Como siempre cuando llego a algún lugar nuevo revisé las sábanas y la vista. Esta última invita con suma seriedad a dejar las cortinas cerradas permanentemente… bien cerradas. Lo bueno es que no pasaré mucho tiempo aquí.

Vengo hediondo. ¡Muy hediondo! Pienso divertido que tal vez por eso la recepción no fue muy buena (luego comprobaré que no fue por eso… derechamente no son muy amables). Dos días sin una gota de agua sobre el cuerpo y unas glándulas sudoríparas profusamente activas gracias al calor de los aeropuertos, le dieron a mi ropa una textura exquisitamente parecida al engrudo y un aroma digno de la más alta categoría de peo chino. Así que sin mediar mucha ceremonia me meto a la ducha. Estoy mucho rato bajo el chorrito de agua. Es reconfortante y muy relajante. Salgo con piernas de lana y con la sensación de que caeré dormido en cualquier momento. Me meto a la cama y duermo. Duermo mucho. Esta vez no hay sueños. El cansancio es superior a todo. Duermo.

Desperté pasado las 2 de la tarde. Una señorita abre la puerta preguntando si puede limpiar la habitación. “Later!” – respondo. Se va.

No puedo seguir durmiendo. Despabilo. Me ducho nuevamente, esta vez más cortito. Me visto y bajo a la recepción en busca de recomendaciones para almorzar. ¡Tengo muchísima hambre!

El restaurante está cerca. No me decido aún, así que camino por la ciudad antes de hacerlo. Lo que veo confirma lo que observé durante mi llegada. Tel Aviv es modernísima. Sus calles son limpias y su tráfico es ordenado. Tiene un sistema de locomoción pública moderno y organizado. Está lleno de verdor, muchos árboles y plantas y sus aceras tienen diseños delicados y agradables a la vista. Me gusta Tel Aviv. Sería una ciudad muy agradable donde vivir.

Consulto el plano que me dieron en la recepción del hotel. Mi estómago ya reclama con alarma la falta de comida. El restaurant es muy agradable (la mesera aún más… jejeje). Elegante pero no fastuoso. Pido la carta y un aperitivo. El menú consiste en sopas, pescados y carnes principalmente. Escojo la sopa del día (que es de verduras) y un pescado llamado San Pedro. La sopa es exquisita. Más que una sopa es una crema de verduras, con muchas especias, sabores desconocidos pero muy agradables. Va acompañada de un pan muy rico con forma de tortilla que uno va cortando mientras come. El pescado viene con una salsa de ajo muy rica también, su textura es muy suave y su sabor delicado, me recuerda un poco a la merluza que tenemos en Chile. La guarnición son unas papitas redondas pequeñas fritas con cáscara, muy ricas también. Para terminar pido un café ya que el sueño comienza a preguntar cuándo le voy a dar bola, pero lo quiero hacer tonto para caminar un poco más y conocer la ciudad. También pido la cuenta… ¡cara la weá! Comer no es nada barato en Israel o me vieron la cara estos weones. En fin, me resigno… total estoy de vacaciones.

Después de almorzar camino por la costanera. Me llama la atención la gran cantidad de gente que hace ejercicio. Observo un señor muy concentrado mirando el horizonte, de pronto y súbitamente comienza una rutina que adivino es yoga. Otro señor casi desnudo enlonga sus extremidades a tal punto que parece contorsionista de circo. Muchos trotan con perros. Minusválidos corren en sus bicicletas deportivas impulsadas por los brazos. Cada uno en su onda. ¡Esta ciudad es un verdadero relajo!

Llego a la playa y no puedo dejar de notar que no es cualquier mar el que estoy viendo, aunque se vea como todos, es el Mediterráneo lo que tengo en frente. Me estremezco. ¡Estoy a la cresta del mundo!

Me siento un rato en la arena y pienso. Pienso en cómo serán mis compañeros de viaje. Espero que sean simpáticos y que ojalá haya alguien con quien hacer migas y compartir un buen momento. Si bien vine solo y mi intención acá es de alguna forma lograr componer un poco mi alma atormentada, no soy un antisocial y siempre es grato encontrar a alguien con quién hablar… y como yo hablo poco…

También pienso en qué irá a resultar de todo esto. ¿Me cambiará en algo la vida este viaje? O ¿será sólo un relajo y desconexión momentánea que servirá más bien para conocer unos varios nuevos lugares y no mucho más? La verdad es que los últimos 12 meses han sido unos meses de mierda: muy tristes, llenos de estrés, angustia y soledad. Y si bien de a poco he ido recuperando cosas que en algún momento perdí (como viejas amistades y viejos cariños), todo lo que ha pasado este último tiempo me ha dejado con una sensación de inestabilidad enorme que hasta hace un tiempo me era absolutamente ajena. Antes sentía que pisaba sobre roca firme, hoy siento que piso sobre arenas movedizas. Me siento completamente vulnerable ante las personas, cuando antes mi armadura era de acero puro. También me siento constantemente triste… muy triste, sin energías y lleno de melancolía. Antes… exudaba alegría.

Espero que algo cambie después de todo esto. Realmente lo deseo con todas mis fuerzas y todo mi corazón. La sensación de desamparo que hoy lo envuelve todo será difícil de erradicar, lo sé. Sólo espero que esta aventura ayude en algo y que cuando llegue el momento de regresar a casa las cosas sean al menos un poco distintas, y ojalá no sólo un poco distintas… sino también un poco mejores.

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