Registro incivilizado

Hace unos días atrás fuimos con mi esposa y mi hijo Lukas a sacar pasaporte para él, viajamos fuera de Chile y por norma tienen que ir los dos padres a autorizar el abandono del país de un hijo. Aun cuando seamos ambos papás quienes viajemos con él tenemos que dar expresamente nuestra autorización y una vez en el aeropuerto, pasando por Policía Internacional, mostrar nuestra libreta de familia acreditando la paternidad de nuestro hijo.

No entiendo lo arcaico del sistema, considerando que somos un país con bastante tecnología a nuestra disposición. Policía Internacional sabe quiénes somos y si Lukas es hijo nuestro o no. Sabe si con mi esposa estamos casados, si tenemos órdenes de arraigo, o si estamos separados, etc. Me llama la atención lo explícito y burocrático que tiene que ser todo, que tengamos que, además de un montón de maletas, mochilas y juguetes y “papas” para Lukas, tener que andar cargando una resma de papeles para poder salir con nuestro hijo del país. Me incomoda mucho, pero lo acepto. En este caso si es por la seguridad de mi hijo o de cualquier otro niño que pueda ser víctima de algún secuestro o algo similar, lo acepto. Mi crítica va por otro lado.

Registro incivil

“Calidad, calidez, colaboración…”

Así reza en la página web del Registro Civil de Chile.

Las horas que pasamos ese día esperando atención de parte de una antojadiza funcionaria distan mucho de ser cálidas, eficaces y de calidad.

Para contextualizar fuimos a una oficina ubicada en un barrio “importante”, con recursos. Vitacura para ser precisos. La oficina que corresponde a nuestra comuna (increíblemente) no tramita pasaportes por lo que tuvimos que escoger otra. Ingenuamente pensamos con mi esposa que las cosas iban a ser mejores en Vitacura que en la oficina del centro de Santiago.

Ya de entrada comenzaron los desagrados. Ponen a una persona en una cabina que dice “Informaciones” y lo que menos entrega es información. Cero amabilidad, cero “texto” o mejor dicho respuestas monosilábicas, cero sonrisa y lo peor… cero información. Más amable es la propia gente que está esperando (al igual que uno) y por cierto, entregan muchos más y mejores datos que el propio encargado.

Nos dicen que tenemos que sacar un “número” para asegurar nuestra atención. No encontramos ninguna máquina o dispensador de números. ¿Por qué? Nos dicen que los tiene un guardia, que anda dando vueltas “por ahí”. ¿Por qué? Hablo con uno, no es, hablo con otro, tampoco es, hablo con un tercero, ¡ese es! Me entrega un número (con mucha amabilidad y simpatía he de destacar). ¡Lo saca de un bolsillo de su camisa! ¿Por qué? Es el 36. La única persona que atiende nuestra fila llama recién y a viva voz ¡al 8!.

Con mi esposa tuvimos que hacer turnos en salir a jugar con Lukas, quien con un año dos meses poco entiende de paciencia y que con unos piececitos incontenibles lo único que quiere es caminar y explorar.

El tiempo se hace eterno en la espera. Y la espera a algunas personas no solo les incomoda, sino también los lleva a perder el respeto y lo cívico. Pronto comenzamos a ser testigos de cómo algunas personas intentaban pasar por sobre otras personas para ser atendidas antes. Es impresionante la escasez absoluta de vergüenza.

Un caballero llegó y se sentó, la funcionaria, que mientras a los demás pedía encarecidamente el famoso e inútil número, en este caso no hizo nada por impedir que el sujeto pasara por encima de todos los demás. Tal vez lo conocía. El colmo llegó una vez terminado el trámite, el señor no encontró nada mejor que ponerse a conversar con la señora… ¡del clima! Todos los que estábamos ahí nos mirábamos sorprendidos e impotentes. Y así como llegó se fue, haciendo oídos sordos a los educados improperios que le lanzaba la gente.

Luego llegó una señora que pedía que se le atendiera porque era sobrina del “Ministro”. Intentó infructuosamente pasar, pero los reclamos de la gente fueron muy fuertes y por supuesto ella, señora de muy alto perfil, no pudo soportar el escrutinio público ni el bochorno.

De pronto apareció otra señora que venía acompañando a una chica con discapacidad mental. Quiso pasar argumentando precisamente eso, sin siquiera percatarse que en la fila habían personas con niños pequeños (como nosotros), de la tercera edad y una señora en silla de ruedas. La fila en la que estábamos era precisamente para todos los casos “especiales” y dentro de todo lo “especial”, ella era tan “normal” como todos. Tampoco pudo aguantar el vilipendio de la gente y tuvo que conformarse con esperar su turno como todos los demás. Los privilegios existen para los patudos y sinvergüenzas, al parecer.

Durante las más de tres horas que estuvimos ahí vimos muchos más casos similares, vimos también como la propia funcionaria daba privilegios a personas y las dejaba pasar antojadizamente, sin ningún tipo de criterio claro. Vimos como dejaba parada a una abuelita con un rotundo “no, espere sentada” mientras atendía a un joven de no más de 30 años. Vimos cómo se puso a conversar con el señor mencionado acerca del clima sin ninguna consideración por los que estábamos esperando desde hacía varias horas.

Lukas, nuestro hijo, no aguantó y se quedó dormido justo momentos antes de que nos atendieran. Hubo que despertarlo, con todo lo que eso implica. (Los papás sabrán a lo que me refiero). Fue complicado y a la funcionaria no se le arrugó ni la frente. Fue amable, hay que decirlo. Pero aparte de eso no hubo ninguna señal que nos dijera que le importara la espera por la cual (todos) tuvimos que pasar.

De civilizado nuestro Registro Civil no tiene NADA. Es una organización enclaustrada en el más profundo arcaísmo. Es lento y engorroso. Los funcionarios (con contadas excepciones) son hoscos y tratan a las personas como si fueran tarados, como si tuvieran que saber todo lo que ellos saben y así no hacer preguntas “estúpidas”. Están mal capacitados, no sólo en el manejo de los sistemas, sino también en el trato a las personas. Según entiendo yo, precisamente de lo contrario se trata ser “civil”… civilizados. De entender que todos somos personas con derecho a ser tratados amablemente, con respeto y de igual a igual. Y que no por estar sentado detrás de un escritorio, con una miserable cuota de un muy mal entendido “poder”, nos sintamos superiores y con el derecho a humillar (por muy sutilmente que sea) a los demás.

“Calidad, calidez y colaboración”. Muy pocos funcionarios le hacen honor a este “slogan”. Porque eso es lo que es, nada más que un “slogan”.

Ciudadanos inciviles

Sin embargo mi reproche no va sólo al Registro Civil. Va también a nosotros los ciudadanos, civiles de éste país. Somos personas, todos iguales, sin embargo no dejamos de pisotearnos y de maltratarnos mutuamente. Todas esas personas que intentaron saltarse la fila (o que derechamente lo hicieron) carecen de lo más importante y necesario en una sociedad cívica como la nuestra: respeto.

Si no somos capaces de entender que el respeto es lo más importante, no podemos hablar de derechos, y si no podemos hablar de derechos, mucho menos de libertad.

Los adultos tendemos a criticar a nuestros jóvenes por lo irreverentes e irrespetuosos que son. Créanme, no somos mejores. Ellos están aprendiendo de nosotros, lo bueno y lo malo. Somos sus ejemplos y referentes. Si les enseñamos que está bien saltarse una fila en el Registro Civil, estará bien también saltársela en el supermercado o en el hospital. También estará bien quitarle (o no ceder) el asiento a otro en el Metro o en el bus. Etc.

Si queremos heredarles un país con cultura y educación no tenemos que esperar desde el gobierno de turno una Reforma Educacional (si bien necesaria), tenemos que partir educando a nuestros hijos en el núcleo. En nuestro hogar, con amabilidad, con contento y sobre todo con respeto.

Hoy es un Registro “Incivilizado”, mañana puede ser un país completo con ciudadanos sin espíritu cívico. Eso sería muy triste…

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