Marcela y Lukas

¿Cómo escribir con certeza lo que uno siente sin quedarse corto? A veces nuestras emociones y sentimientos son más intensos de lo que las palabras pueden soportar y lo único que se puede hacer es esperar que al decirlas o escribirlas, éstas palabras no suenen insuficientes y vacías.

Durante la noche de ayer no dormimos casi nada. Lukas se quejó durante toda la madrugada y no nos dio tregua.

Me equivoqué. Pensé que era una noche como todas, él quejándose a las dos y cuatro de la mañana, la primera vez para meterse con nosotros en la cama y la segunda para tomar su mamila de leche. En esta ocasión comenzó a las doce y media de la madrugada y no se detuvo. La rabia y el sueño me ganaron, lo reté, gruñí y pataleé por un buen rato sin percatarme en mi inconsciente somnolencia que sus quejidos eran porque su guatita le estaba doliendo. Marcela, haciendo uso de esa paciencia infinita que tiene conmigo, se limitó a tomarlo y llevarlo a otra habitación de la casa. No me dijo nada.

Eran las cuatro de la mañana cuando desperté con el sonido de Lukas llorando. Sólo ahí caí en cuenta de que la causa de sus quejidos y llanto eran algo más que mañas. Subí al segundo piso y vi a Marcela y a Lukas. Marcela con el sueño dibujado en la cara. Lukas con su puchero y lágrimas corriendo por sus cachetitos. Se me apretó la garganta. Lo tomé de los brazos de Marcela y lo abracé. Mientras bajaba la escalera le pedí perdón con un susurro en su oído, le hice mucho cariño en su cabecita y espalda mientras me corría una lágrima por la mejilla.

Y me sentí mezquino con Marcela y Lukas.

Mezquino porque no supe distinguir entre un dolor de guata y una maña. Mezquino porque no estuve con Marcela mientras cuidaba a Lukas. Mezquino porque durante un momento el sueño me ganó la batalla y simplemente… no estuve para ellos.

Hoy nos despertamos, duchamos, nos vestimos, desayunamos y con Marcela preparamos a Lukas para llevarlo a la sala cuna (hoy me toca a mí). ¡El tiempo se hace poco con un niño de un año! No nos dimos ni cuenta y ya eran las ocho y media.

Subí las cosas de Lukas y las mías a mi auto mientras Marcela hacía lo propio en el suyo. En un momento ella se acercó a despedirse de nosotros y vi unos ojos hinchados por el sueño. Sin embargo, a pesar del sueño, a pesar del cansancio, a pesar de los quejidos de Lukas y sobre todo, a pesar de mi rabieta nocturna, en su boca venía flotando una sonrisa generosa y en sus ojos venía escrita la palabra “amor”.

Me besó. Su beso fue suave y aterciopelado, y mientras lo recibía el tiempo (como siempre) se detuvo por un momento. Disfruté de esa pequeña laguna de gozo antes de que Lukas nos hiciera volver desde la Eternidad al presente y reclamara por atención.

Marcela me besó como si nada hubiera pasado la noche anterior. Me besó como siempre lo hace, con una dulzura exquisita, que no se agota nunca y que no agota nunca…

Me dijo “te amo” como todas las mañanas, con esa voz que me encanta (tal como me encantó el primer día que la conocí y nos saludamos por primera vez… ¡No! Miento… Hoy me gusta más).

Nos abrazamos apretadamente y nos despedimos al fin.

Y me sentí afortunado de tener a Marcela.

Ya en el auto, camino a la sala cuna, con Lukas nos fuimos “conversando” de cualquier cosa. Puse un disco y comenzó a sonar la música. Mientras yo tarareaba y movía la cabeza al ritmo de la canción pude ver por el espejo retrovisor que Lukas estaba sonriendo y haciendo lo mismo. ¡Estaba moviendo su cabecita al compás de la música! Detuve el auto por un momento y lo miré con mis ojos a punto de inundarse. Me estaba sonriendo y su mirada increíblemente dulce me preguntaba: “¿papá, está bien lo que estoy haciendo?”

Me emocioné profundamente. La mirada de Lukas fue indescriptible. Tal vez otro papá o mamá pueda entender lo que digo al haber experimentado miradas similares con sus propios hijos. No sé. Era una mezcla de inocencia pura, ternura, felicidad y paz. Una mezcla tan bien combinada que tuve que hacer un esfuerzo para no largarme a llorar ahí mismo.

Seguimos nuestro camino, esta vez ambos cabeceando al ritmo de la música. Los dos riéndonos y soltando algunas carcajadas de tanto en tanto.

Y me sentí afortunado de tener a Lukas.

Hoy es 14 de febrero. Para los publicistas e ingenieros del marketing es un día más para incentivar a la gente a comprar regalos.

Pero hoy yo no tengo regalos, sólo tengo emociones y sentimientos… y todas/os son buenos.

Soy un ser bendecido por una familia increíble.

Bendecido con una mujer maravillosa, cuyo amor por Lukas y por mí me sobrecoge todos y cada uno de los días que paso junto a ella. Una mujer que me soporta, que es mi pilar y mi centro. Mi cable a tierra. Una mujer maravillosa cuya generosidad me hace sentir egoísta y al mismo tiempo con deseos de darle todo lo que soy y todo lo que tengo.

Bendecido con un hijo precioso y divertido. Capaz de hacernos dejar el sudor y la espalda en el suelo con sus juegos, como una batería de energía inagotable, capaz de sorprendernos con palabras ininteligibles y que al mismo tiempo nos dicen todo y capaz de entregarnos unas miradas llenas de compasión y ternura como nunca pensé que recibiría.

Mi familia es perfecta. Sus imperfecciones la hacen perfecta. Estoy agradecido de haberla encontrado. La vida me la regaló y lo único que espero es estar a la altura de tal regalo.

Hoy es 14 de febrero, “Día de los enamorados” en éste, nuestro país, Chile.

Yo estoy enamorado de Marcela y Lukas.

¡Feliz día mis amores!

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