Caras largas

Hoy en la mañana, como todas las mañanas de los miércoles, nos levantamos temprano con mi esposa. Hoy me toca a mí ir a dejar a Lukas a la sala cuna. Luego de preparar y tomar desayuno con Marcela, despedirla y desearle un buen día en el trabajo, cargar el auto con mis cosas y la mochila de Lukas, me dediqué a la (no fácil, ni rápida) labor de despertar y vestir a un pequeñín de (casi) un año y medio. Después de varios minutos por fin lo logré y en lugar de tener a un somnoliento joven, tuve a un señor despierto, vestido y perfumado listo para partir.

Nos subimos al auto. Él sentado en su sillita y yo en el asiento del conductor. Encendimos motores y como casi todas las mañanas llamamos por teléfono a la mamá para saludarla. Mientras conducíamos me crucé, como todas las mañanas, con varios automóviles y peatones circulando en sentido contrario.

Hace casi dos años que vivimos en este sector de la ciudad. Es un lugar muy acomodado, vecinos de buena situación económica, todos producto de esta cultura aspiracional de la que somos parte, buenos autos, 4×4 en su mayoría, casi todos del año o por ahí. Sin embargo, mientras con Lukas vamos cantando y escuchando música, riéndonos y haciendo caras en el espejo, el noventa por ciento de las y los conductores y peatones que nos cruzamos van con sus caras largas, proyectando miseria, proyectando una infelicidad tan grande que es imposible ser indolente frente a ellas y no contagiarse al menos con un poco de su desventura.

¿Qué causa que todas estas personas se sientan así? ¿Qué causa que a pesar de todo lo que han conseguido (léase: un buen lugar donde vivir y criar a sus hijos, buenas casas, seguras, acceso a buenos colegios y a buenos bienes, etc.) proyecten tanta desgracia en sus caras?

Porque no es una de cada diez personas la que tiene su rostro marcado por el infortunio. Es totalmente al revés, me atrevería decir que son nueve de cada diez las que reflejan en sus caras y postura lo desgraciadas que son sus vidas.

Hace algunos años (bastantes ya si miro mi cédula de identidad) vivía en un sector completamente opuesto en términos de situación económica. Era un lugar humilde donde varios compartíamos un espacio común. Un departamento pequeño cerca de una rotonda.

Como todas las mañanas me levantaba y era plenamente consciente de que la ducha no tenía que ser larga porque el agua y el gas eran muy caros… había que ahorrar. Como todas las mañanas agarraba mi mochila de mezclilla reparada innumerables veces y caminaba al paradero de micros (ni siquiera eran amarillas en esos tiempos). Y mientras iba con mis audífonos, mi “personal estéreo” y un par de “cassettes” moviendo la cabeza y cantando para mí, observaba a la gente que iba apretada como ganado en esas micros. Las caras de la mayoría de ellos, como todas las mañanas, me llamaban profundamente la atención.

Durante todos estos años me he preguntado lo mismo. Durante algún tiempo justifiqué las mencionadas caras largas con la carencia económica y la carga (no menor) de esfuerzo que significa vivir con poco. Luego me puse a trabajar y con el tiempo llegó cierta comodidad material. Cambió mi situación, pero las caras largas de mis ahora pares no.

¿Por qué tanta inconformidad? ¿Por qué tan miserables en la abundancia? ¿Por qué tan miserables en la escasez?

¿Es culpa de la tan vapuleada sociedad de consumo? ¿Es culpa de los diabólicos ingenieros en marketing? ¿Es culpa de un siniestro modelo de sociedad capitalista que nos fuerza a ser entes que aspiran a algo sin tener claro qué?

Yo creo que no.

Hoy en día, con el acceso a las tecnologías de la información cada vez son más las personas que tendemos a estar “sobre-educadas”. Sobre-informadas si se prefiere. La mayoría de los que manejamos y nos interesamos por la “información”, sabemos y entendemos el sistema y su funcionamiento. Podemos estar de acuerdo con él o no, pero no somos, ni nos comportamos como lemmings, caminando en fila india, siguiendo al líder a un precipicio ciegamente. Quiero decir que conocemos como funciona “la cosa” y no caemos en la trampa del consumo, ni del marketing per sé. Los que quieren ser consumistas lo hacen a sabiendas de lo que significa. Pero la mayoría estamos alerta de lo siniestro que puede ser el sistema, sobre todo en un país como el nuestro donde las entidades que supuestamente regulan… ¡no regulan!

Ergo, la culpa es de nosotros.

De nosotros, porque es de una irresponsabilidad brutal perder el foco con toda la información que tenemos a nuestra disposición.

Nos hemos acostumbrado a pensar que somos invencibles e indestructibles. Nos hemos acostumbrado a envolvernos en un halo de soberbia y a creernos importantes. Sobrevaloramos la juventud a tal punto que no soportamos la idea de envejecer y hacemos lo irracionalmente imposible para frenar el paso irremediable e implacable del tiempo.

Y en nuestra enfermiza psicosis comenzamos a postergar. Comenzamos a postergar porque creemos que el tiempo es algo que tenemos garantizado. Que es algo que estará ahí para nosotros eternamente. Incluso cuando le declaramos nuestro amor a nuestras parejas e hijos les decimos que es ¡”para siempre”! Sin siquiera darnos cuenta nos auto convencemos ilusoriamente de que ese “para siempre” es real, que tenemos todo el tiempo del mundo, que somos eternos.

Y seguimos postergando. Postergamos el tiempo con nuestros amigos, porque “el metro a esta hora es cosa seria, así que tomémonos un cafecito rapidito no máh y me contai como estai… pero sabís que dejémoslo para otra vez porque voy atrasado y tengo una reunión súper importante”. Postergamos el tiempo con nuestros padres y abuelos, porque “cada vez que voy a la casa de mis papás, mi mamá no me deja tranquilo con sus preguntas y habla tanto que prefiero no ir”. Postergamos el tiempo con nuestras parejas, porque “amor, tengo que trabajar un rato en la noche después de que se duerman los niños… pero es una noche no más, en serio”. Postergamos el tiempo con nuestros hijos, porque “estoy muy cansado hijo así que me voy a dar una ducha y voy a ver algo en la tele… prometo que mañana jugamos un rato, ¿ya?”.

Nos damos el lujo de postergar. En el trabajo y en la vida. Y postergar es un lujo que no tenemos.

“Todo se puede recuperar más adelante”. Eso es una mentira.

El tiempo no nos pertenece, todo puede desaparecer de un minuto a otro. Podemos cruzar la puerta de nuestra casa y no volver nunca más. Nuestra esposa/esposo/pareja puede cruzar la puerta de nuestra casa y no volver nunca más. Nuestros hijos e hijas pueden cruzar la puerta de nuestra casa y no volver nunca más.

Nos hemos acostumbrado a una falsa y cómoda sensación de que el tiempo es nuestro, cuando es completamente al revés. El tiempo es algo que avanza, inexorablemente, inclaudicablemente. No se detiene, ni por mí, ni por ti, ni por nadie. Simplemente avanza. Y cada segundo que pasa es un segundo menos que tenemos a nuestra disposición. Cada segundo que pasa es un segundo en el que, o hicimos algo importante con él o sencillamente lo perdimos… esta vez sí “para siempre”.

Nos acostumbramos a postergar. A, literalmente, perder el tiempo. Y en ese ejercicio de a poco nos hemos ido desconectando de los afectos y de las cosas simples.

Hemos dejado de compartir ese café bien conversado con el amigo y realmente saber qué es lo que pasa en su vida. Hemos dejado de mirar y escuchar a nuestros padres y abuelos, aun sabiendo que a ellos les queda menos tiempo que a nosotros y que más temprano que tarde partirán para no volver. Hemos dejado de hablar, regalonear y hacer el amor con nuestras parejas, dormimos a lado de una/un desconocida/o y nos olvidamos del porqué nos enamoramos en primer lugar, cuando sería tan fácil y tan entretenido volver a “pololear”. Hemos dejado de jugar con nuestros hijos y nos perdemos los momentos más preciosos y sublimes de sus vidas… viendo “tele”.

Los seres humanos somos simples en nuestra naturaleza. Basta ver a un niño entretenerse sólo con un pedazo de madera, una hoja de papel convertida en avión o corriendo descalzo por la arena en la playa. Los adultos creemos que por ser adultos tenemos obligadamente que ser más complejos y eso no es verdad. Necesitamos precisamente de esas cosas simples para ser felices. Necesitamos del amor de nuestra pareja. Necesitamos ver a nuestros hijos sonreír. Necesitamos el abrazo de nuestro padre o madre y de las mal crianzas de nuestros abuelos. Necesitamos tan pocas cosas que termina siendo fácil perderse entre todo lo otro que creemos necesitar.

Por eso en las mañanas me cruzo con tanta gente con cara larga. Gente desconectada. Gente que se convenció así misma de que el tiempo es algo recuperable. Gente que está perdida y que es miserable en la abundancia. Esa es la razón de tanta amargura con forma de cara.

Mi camino es otro, mi opción es otra. No tengo tiempo que perder, no tengo mucho (aunque lo parezca). Puedo morir mañana… aunque ojalá no lo haga. Por eso prefiero seguir con ese simple ejercicio de mis mañanas: preparar el desayuno a mi mujer, darle un beso intenso, conversar un café y desearle un buen día (mirándola bien antes de que parta para que su imagen me acompañe durante mi jornada), conducir el auto mientras con mi hijo escuchamos música camino a la sala cuna y reímos a carcajadas, al mismo tiempo que me pierdo en sus ojos llenos de inocente ternura… gozar cada segundo… puede ser el último… aun cuando estemos rodeados de puras caras largas.

1 comments On Caras largas

  • No puedo estar mas de acuerdo!
    Si bien logro entender que lo que expones resulta un cambio radical de la forma de ver la vida.
    Lo que puedo aportar. Es que el cambio pasa por educar valores fundamentales como el respeto por uno mismo y las demas personas.Como el agradecimiento y la humildad. Hoy en dia el foco esta puesto en el exito y no en el camino. Donde muchas veces creemos que el camino es uno solo y no nos damos cuenta que recorrer un camino y aprender de el nos hace mas sabios. Cuando entendamos que la magia del exito esta en disfrutar y aprender de los caminos.Cuando logremos mirar de frente a las personas y no su ropa o su apellido.
    CUANDO NUESTROS HIJOS PREGUNTEN DE VIEJO SI SOMOS FELICES Y NO CUANTO GANAS O GANAMOS.
    Creo hermano que habremos generado un cambio.

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