Papi, ¿cómo se mueren las personas?

Con esa pregunta comenzó una pequeña y corta conversación con Lukas.

Estábamos enfrascados en un juego con sus autos, Iron Man, Capitán América y los rayos de las tormentas, que por alguna razón tenían voluntad propia y que, por alguna otra razón, encarcelaban a los autos y a nuestros héroes en campos de fuerza sólo rotos por la fuerza de un camión gigante.

Iron Man tenía que rescatar, luego de que el camión gigante rompiera el campo de fuerza producido por el rayo, al auto de policía (otro de sus amigos). Pero en pleno rescate el rayo atacó a Iron Man y este cayó inconsciente sobre nuestra cama (campo de batalla por defecto).

En eso Lukas me dice: – “Ahora Iron Man está ‘morido’ papi”.

Puesto que no me gusta que siendo tan pequeño juegue a matar y cosas así, repliqué inmediatamente: “Hijo, Iron Man no está muerto, puede que esté durmiendo porque el rayo le pegó muy fuerte.” Inocentemente agregué: “Las personas no siempre se mueren hijo, a veces sólo duermen o quedan inconscientes.”

– “Papi, ¿cómo se mueren las personas?” – me espetó, así de la nada.

No me complicó su pregunta, más bien me sorprendió. Sólo tiene 4 años y como todo niño, a veces sorprende con su curiosidad.

Le expliqué que las personas mueren de muchas formas, a veces por alguna enfermedad o un accidente, pero la mayor parte de las veces mueren muy viejitos.

– “¿Viejitos como tu, papi?”

Divertido, le respondí: “Hijo, la verdad es que viejo estoy, pero no tanto. La verdad es que espero llegar a estar aún más viejo que ahora, tanto más que los abuelitos, mira que ellos sí que están viejitos.”

– “¿Los abuelitos se van a morir?” – me preguntó, con carita preocupada.

La cosa se me estaba complicando. Pero como siempre he creído que a los niños no hay que mentirles, me la jugué no más y le respondí:

– “Sí hijo, en algún momento van a morir, de hecho, todos cuando estemos muy viejitos en algún momento nos vamos a ir dormir y no vamos a volver a despertar, porque vamos a tener que descansar por haber hecho tantas cosas durante nuestra vida.”

– “¿Ahora, papi? ¿Los abuelitos se van a morir ahora?” – me pregunta un poco más preocupado.

– “No hijo, los abuelitos van a estar con nosotros, ojalá, mucho tiempo más.”

– “¡No quiero que se mueran los abuelitos, papi!” – me dijo, esta vez ya con pena.

– “Hijo, yo tampoco quiero. Pero en algún momento ellos van a querer dormir y nosotros vamos a tener que despedirnos y desearles unas ‘buenas noches’, como cuando nos vamos a acostar nosotros.”

– “¡Okeeeeeey! Iron Man está esperando que lo rescates, papi. ¿Por qué no tienes a tu camión en la mano?”

Ese fue el fin de la conversación para él (por el momento).

Sin embargo, a mí me dejó pensando durante harto rato. Me dejó pensando en que nosotros con mi mujer hemos llegado a una edad en la que de a poco nuestros amigos, papás y familiares se van a ir yendo “a dormir”, como le dije a Lukas, cada vez más seguido y de a poco nos vamos a ir quedando cada vez más solos. Al final me pregunté cómo se mueren las personas realmente. No desde el punto de vista biológico (o accidental si se quiere), sino desde el lado de las emociones que nos rodean en esos momentos tan especiales y fuertes. ¿Qué imagen de la muerte es la que quiero darle a mi hijo? ¿Cuál es la forma con la que quiero que él enfrente la muerte de sus abuelitos, o de nosotros mismos sus papás, en algún momento del (ojalá lejano) futuro?

Mientras jugábamos y yo por fin rescataba a Iron Man de su capsula de energía, llegué a la conclusión de que, a pesar de la tristeza brutal que acompaña la pérdida de alguien a quien uno ama, me tengo que rebelar ante la imagen oscura y penosa que tradicionalmente se asocia con la muerte: funerales con gente vestida de negro, cabizbajos y con cara de poto. Me rebelo frente al egoísmo (natural, por cierto), del que nace la tristeza, ya que no tendremos a nuestros seres queridos al nuestro lado nunca más. Me rebelo frente a todo eso, porque la imagen de la muerte con la que quiero que Lukas crezca no es esa. Quiero que Lukas crezca con la idea de que la muerte es y debe ser una celebración.

Porque lo que debemos hacer, en lugar de deprimirnos y sentirnos miserables cuando alguien amado se nos va es, por el contrario, celebrar su vida. Celebrar que compartió con nosotros momentos inolvidables. La muerte es un motivo para celebrar a nuestros abuelos por sus malcrianzas, por su complicidad en nuestras travesuras de cabros chicos, por sus regalos y dulces llenos de azúcar, por su infinita ternura, etc. La muerte es un motivo para celebrar y agradecer a esas mamás y papás que ya se fueron por todo el amor que recibimos de ellos, por las experiencias que compartimos juntos, por esas conversaciones eternas, por su cuidado incondicional, por esas miradas con ojos empapados de amor, por sus sonrisas, sus abrazos, besos y porqué no, sus reprimendas también. La muerte es un motivo para celebrar y agradecer la oportunidad y la fortuna que tuvimos al conocer a esos grandes amigos que ya no están, incluso si esta llega abruptamente.

No, me rebelo. Lukas no va a crecer pensando en que la muerte es algo a lo que hay que temer, o algo de lo que no hay que hablar. La muerte no es un tabú. ¡No debe serlo! Porque al fin y al cabo es una oportunidad para poner las cosas en una perspectiva distinta y pensar realmente en cómo podemos vivir y disfrutar aún más la vida que tenemos juntos como familia. Es una oportunidad para vivir cada día como si supiéramos que es el último, y que con cada inspiración podamos sentir la dicha que la vida puede entregarnos (RS). Poder disfrutar cada momento como algo irrepetible. Decirnos con Lukas cada 30 segundos: “¡Hijo, te amo!” y recibir un “¡mucho papi!” y una boca estirada como pato como respuesta. Y al final del día cuando cae noche, después del ritual del baño, el pijama y lavado de dientes, cuando llevo volando a este precioso ser humano como Superman a su cama en mis brazos, decirnos “buenas noches” y una vez que esos ojos felices se cierran cansados de tanta aventura, poner mi cabeza en su pecho y escuchar cómo late su corazoncito lleno de vida (¡no hay nada más maravilloso que eso en el mundo!), mientras pienso en lo afortunados que somos con la Marce.

Por eso, cuando Lukas me vuelva a preguntar: “Papi, ¿cómo se mueren las personas?”, mi respuesta será: “Felices hijo, las personas se mueren felices”.

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